Invitado por Filmoteca UNAM, Béla Tarr conversó sobre la honestidad del cineasta con estudiantes del CUEC

Martes, 31 Octubre 2017 17:35
 
▪ Béla Tarr charló sobre su propuesta fílmica y sobre la honestidad expresiva de un realizador
▪ Fue invitado por la Filmoteca de la UNAM, tras recibir la presea que otorga el archivo fílmico en el marco del Festival Internacional de Cine de Morelia
 
Invitado por la Filmoteca de la UNAM, el cineasta húngaro Béla Tarr sostuvo una charla con estudiantes del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM, en la que dejó claro que el cine no es territorio de genios ni de metáforas o alegorías, sino un oficio como cualquier otro, que se desempeña en una realidad material, tangible. Un medio de expresión que si se logra comunicar con la mayor honestidad posible, dice más que teorías e imágenes vacías.
 
Con una visión de cine que da voz a campesinos, gente normal y personajes proletarios, Tarr se retiró del set en 2011, tras el rodaje de El caballo de Turín. El húngaro en su primera visita a la UNAM, habló  sobre su propuesta fílmica y escuchó las inquietudes de los estudiantes. Además confesó que tiene un par de ideas que podrían filmarse, aunque aún no sabe si decidirá llevarlas a la pantalla.
 
En la sala Manuel González Casanova del CUEC, Tarr se sentó a dialogar con el escritor y cineasta, Bernhard Hetzenauer, quien recientemente publicó el libro Lo interior afuera. Béla Tarr, Jacques Lacan y la mirada, una coedición de la Filmoteca de la UNAM y la Cineteca Nacional.
 
Tarr fue invitado a la UNAM, después de que recientemente, en el marco de la edición 15 del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), Guadalupe Ferrer, titular de la Dirección General de Actividades Cinematográficas de la UNAM, le entregó la Medalla Filmoteca de la UNAM, en reconocimiento a su trayectoria.
 
El director compartió con los estudiantes del CUEC que realizó su primera película Nido familiar en 1977, a los 22 años sin saber nada cine, pero con la intención de expresar algo real a través de sus imágenes.
 
“Siempre que hago cine intento partir de lo real, del lado de la vida, es mi formación, nunca recibí ningún tipo de educación en cine. Incluso hoy no sé lo que es un filme”, bromeó el autor de Almanaque de otoño (1985), Sátántangó (1994) y Las armonías de Werckmeister (2000).
 
También señaló que su primer acercamiento al cine fue desde lo social, porque a través de este medio él hubiera querido cambiar al mundo y pensaba que si lograba comunicarse con los otros, se acabarían los problemas. “Después me di cuenta que los problemas no son sociales sino ontológicos”, dijo.
 
Los estudiantes se mostraron interesados en la estética de Tarr, en su preferencia del blanco y negro, que reina en todas sus cintas, en la leyenda sobre que no usa guiones y en su rotunda negativa a trabajar con actores profesionales.
 
Béla Tarr enfatizó el hecho de que no se trataba de una concepción compleja, sino de elecciones para expresar mejor y recursos aprendidos en el oficio. Sobre el blanco y negro explicó que sentía que le daba realce a ciertas cosas, como en el caso El caballo de Turín, donde ayuda a construir la atmósfera particular.
 
Sobre el uso del guión, explicó que no le parecía relevante porque el lenguaje cinematográfico no tenía nada qué ver con la escritura.
 
“El cine es ritmo, imágenes y atmósfera, en este sentido nunca uso un guión porque me parece inútil. No puedes escribirlo todo, tienes que crear desde el escenario o el lugar donde estás filmando in situ. Yo uso una serie de cartas, a partir de estas planteo la estructura de una película”, relató Tarr.
 
Definió su método como algo tan sencillo: durante el rodaje de El caballo de Turín, pegó tarjetas con indicaciones sobre una pared, para que todo el crew pudiera ver lo que se necesitaba: “Fue sencillo. Todos entendieron lo que había que hacerse. Obvio, no le di a ningún actor su libreto personal”, bromeó.  
 
Sobre su trabajo con actores, declaró que le parece tonto escribir sobre un personaje con determinada personalidad para luego buscar un actor que no se le parezca en nada y terminar por obligarlo a convertirse en algo salido de un pedazo de papel.
 
“Lo que yo hago es buscar un carácter similar al que imaginé para mí película. Un guión sólo es palabras, no es ni tiempo ni espacio, que son las constantes que definen al cine”, dijo.
 
Frente a los estudiantes del CUEC, Tarr relató que al llegar al set visualiza a los actores colocados en sus sitios, mientras el micrófono está en su lugar y la cámara llega por donde tenga que hacerlo. Un proceso que en su opinión debe lograrse sin gritos ni grandes complicaciones, porque durante un rodaje no hay tiempo para sobre-explicar las cosas.  
 
Sobre la preproducción para su último filme, El caballo de Turín, relató la peripecia que tuvo que realizar con su equipo para hallar al caballo perfecto. “Teníamos al padre y a la hija, pero como el título lo decía, necesitábamos un caballo”, explicó.
 
Contó que se aventuraron en un mercado de animales ubicado en una las partes más pobres de Hungría, cerca de la frontera con Rumania. Uno de los lugares más terribles que ha visto en su vida. Allí miró con detenimiento a cada caballo a los ojos. Cuando creyó que no hallaría nada, se topó con una yegua de la que los mercaderes decían que estaba vieja, que sólo servía para hacer salchichas. “En ese momento le dije al productor. Éste es nuestro caballo”, agregó.
 
Sobre su trabajo con escritores, Béla Tarr habló de la novela, Melancolía de la resistencia, de László Krasznahorkai, que adaptó parcialmente en el año 2000 y que decidió titular Las armonías de Werckmeister. Al respecto explicó que si bien tomaba la referencia del libro, la película no era una adaptación como tal, porque estaba consciente de que la literatura y el cine son concepciones de mundo muy diferentes.  
 
Como consejo a los jóvenes realizadores de la UNAM, Tarr comentó que en esta época en que nos encontramos rodeados con tantos dispositivos, iPhones y tablets, “Filmen y filmen y filmen todo lo que pudieran y con todo lo que tengan a la mano. Porque el camino para hacer cine es ese nada más. Y aprendemos de nuestros viejos errores”, dijo.
 
Béla Tarr nació en la ciudad de Pécs, Hungría, un 21 de julio de 1955. Se le considera el primer cineasta húngaro reconocido internacionalmente, después de Miklós Janksó. En 2002, se le rindió homenaje en el Festival de Tesalónica.
 
Es autor de importantes filmes como Nido familiar (1977), El intruso (1981),Gente prefabricada (1982), Almanaque de otoño (1985), La condena (1988),Satantango (1994), Las armonías de Werckmeister (2000), El hombre de Londres (2007) y El caballo de Turín (2009).
 
La filmografía de Tarr ha sido durante muchos años tesoro de coleccionistas, pues su trabajo no podía encontrarse en DVD, salvo en Japón. Actualmente sus obras tempranas, como Nido familiarEl intruso Gente prefabricada, entre otras, ya pueden adquirirse en los Estados Unidos y otros países.
 
Su testamento fílmico en vida, El caballo de Turín (2011), fue la cinta que le mereció el Gran Premio del Jurado de Berlín. Se trata de un filme pausado, en blanco y negro y de atmósferas opresivas, que aborda el relato de un caballo, un padre y su hija. Personajes encerrados en una casona, aislados del mundo por el invierno. Tarr suele decir sobre esta obra que será la última película que haga. La cinta ha llegado a México gracias a la productora independiente Mantarraya Films.
 
Jacques Rancière dedicó en 2011 un libro al análisis de la obra del húngaro, se trata de Béla Tarr. Le temps d'après, que plantea un recorrido amplio y detallado por su cine.
 
Después del 2011, Tarr se unió al Consejo de Directores de la ONG en defensa de los derechos humanos Cine Foundation International