Dos x tres

Martes, 22 Junio 2010 18:26

 

Federico Silva, testigo del arte y la historia,

en Dos x tres. Crónica. Apuntes autobiográficos

 

*Imágenes disponibles en: www.difusioncultural.unam.mx/saladeprensa/
*La Dirección de literatura publica las memorias del artista

 

Durante la reapertura de los recintos remodelados del Centro Cultural Universitario a principios de este año, un nuevo personaje se integró al espacio: Umbral, la escultura del también pintor y muralista Federico Silva.

 

“Está construida –explicó entonces– con partes que suman, se agregan y van creando una configuración inconforme, de lucha con el tiempo, en conflicto; sucesión de quiebres unidos, dialéctica de apoyo y rechazo, debate ideológico, suma de contrarios. Detrás de lo que se ve está la voluntad de permanecer, está México con su Universidad Nacional como una bandera que a diario construye futuro y esperanza”.

 

Sin advertirlo, aquella frase y la nueva escultura definen buena parte de su vida creativa, ligada a la Universidad y testigo de la convulsa vida política y artística del siglo XX mexicano. La dialéctica constante ha quedado sentada en el título Dos x tres. Crónica. Apuntes autobiográficos, recientemente publicado por la Dirección de Literatura de la UNAM en su colección Pértiga.

 

Designado hace poco por el Consejo Universitario como Doctor Honoris Causa, Silva volvió con esa pieza a un lugar que desde su creación le es conocido, donde participó hace treinta años al lado de Helen Escobedo, Manuel Felguérez, Matías Goeritz, Hersúa y Sebastián en la concepción del Espacio Escultórico, que buscaba hacer del arte un acontecimiento para todos y para siempre.

 

Ímpetu creativo

Federico Silva (Ciudad de México, 1923) arroja en este texto una avalancha descriptiva, de anécdotas y personajes. Modela su propia historia, de la mano con la historia del siglo XX en México, a través de anécdotas, sueños, descripciones y vívidos recuerdos.

 

Narra su vida personal desde la serie de accidentes y episodios que la constituyen: llegó a la política por error y se convirtió en un importante activista socialista que asistió al Congreso Latinoamericano por la Soberanía y la Paz.

 

Por otra parte, sus creencias, tangibles en su obra, se enfrentaron por sus contenidos con políticos influyentes. Fue testigo del influjo de la Guerra Fría en México y de cómo permearon en la creación de nuestro país los movimientos artísticos europeos.

 

Recuerda el inicio de su temprana afición por la escultura labrando cabezas de animales en las suelas de sus zapatos. Cuando comenzó a dibujar, narra, “el lápiz se convertía en un instrumento complejo, de acercamiento a la realidad y de valoración autocrítica. Ya no veía las cosas de la misma manera, los contornos de los cerros, de los árboles, de las piedras tenían significados: ¿cómo traducirlos a líneas? (...) lo que miraba era un universo de preguntas que había que sintetizar y contener en una hoja de papel”.

 

No es casual que el relato inicie con el recuerdo de un sueño porque su vida estuvo marcada por el onirismo, aunque  desmitifica la creación y la muestra como un proceso de extenuante trabajo. Como la mente, los apuntes de Silva saltan de un recuerdo a otro, a veces pausada, otras violentamente.

 

Creció en el Panteón Español y ahí, en un taller de lápidas, aprendió a manejar los materiales. Después, se convirtió en un aventurero del barrio de Tacuba, de San Joaquín, San Cosme y el Centro Histórico, lo que anticipaba al gran viajero que sería.

 

Dos X tres es un relato desenfadado donde el artista confiesa sin reparos aspectos paralelos a las obras conocidas: “En los años en que me inicié como pintor siempre quise tener un estudio donde pudiera tener modelos que me posaran desnudas. Cuanta mujer hermosa que encontraba en el autobús, en la calle o en algún café, deseaba tener el valor para acercarme y hacerle la propuesta, lo que nunca ocurrió”.

 

Como ayudante de David Alfaro Siqueiros, quien escribió grandes elogios de sus primeros trabajos pictóricos, aprendió a depositar las convicciones en cada obra, incluso cuando eso implicaba dificultades económicas.

 

“La disyuntiva no es modernidad o modernismo, vanguardismo o nacionalismo: la disyuntiva es la revolución”, sentencia.

 

Por ello fue testigo de la innovación de las técnicas pictóricas con Siqueiros y Fermín Revueltas, que aplaudieron su primer mural en 1940 y lo apoyaron en su ímpetu por ganar espacios para su arte.

 

“No atinaba ni en una ni otra tarea, y se me venían encima críticas y opiniones que no podía calibrar. En la política por mi vínculo con (Vicente) Lombardo (Toledano), y en mi práctica de pintor por mi cercanía con Siqueiros”.

 

Las 326 páginas del título son un recorrido de la mano con el artista por la historia del país, donde aparecen lo mismo José Vasconcelos, Salvador Novo, José Gorostiza, los hermanos Luis y Miguel Covarrubias, que los muralistas y María Félix.

 

Sin titubeos confiesa: “Nunca creí en las alabanzas que como pintor me hicieron entonces, ni las creo hoy. Sobrevivo en este mundo mediocre, de envidias y pequeñas intrigas, por mi trabajo constante y mi inconformidad”. Y así lo hace: vive en el Umbral.

 

Libro Dos por tres. Crónica, apuntes autobiográficos de Federico Silva.

Dos x tres