Seúl León Plascencia

Miércoles, 24 Marzo 2010 01:24

 

Seúl es una esquina blanca, de León Plascencia Ñol, narrativa anfibia que sumerge al lector
por una ciudad lejana y contrastante

 

*Convergen el diario, crónica de viaje, poesía, ensayo y autobiografía

 

“Dile por fin adiós a Alejandría que se marcha, y sobre todo no te engañes y no vayas a decir que fue un sueño, que se confundió tu oído”. Con un poema de Cavafis se despide León Plascencia Ñol de la ciudad de Seúl, Corea, luego de vivir en ella por cerca de siete meses y narrar su estancia en el libro Seúl es una esquina blanca, de la colección Pértiga, una publicación de la Dirección de Literatura de la UNAM y DGE Equilibrista.

 

El texto nació de su visita a Seúl en 2007, como huésped de un centro de escritores a las afueras de esa ciudad. El encuentro quedó plasmado en su libro: “El deslumbramiento ante la ciudad fue total, poco a poco con los meses, me fui adentrando en los secretos del espíritu coreano”.

 

Plascencia Ñol (Jalisco, México, 1968) intentó recuperar sus percepciones en este libro. “Me gustaba sumergirme en los museos y las galerías que estaban por toda la ciudad; veía cine, iba a conciertos; me adentraba en las laberínticas calles de las zonas viejas; me guarecía en los templos budistas; viajé por todo el país y empecé a leer, poco a poco, a los autores coreanos. Algunos de ellos me sorprendieron por su eficacia narrativa; otros por una mezcla entre discurso lírico y filosófico; algunos más por su ingenuidad”.

 

El trabajo es mucho más que una crónica de viaje. Es un diario de “los días coreanos” en la capital de Corea del Sur, una ciudad localizada al noroeste del país, a unos 50 kilómetros de la zona desmilitarizada que separa las dos Coreas y “dividida por el río Han como una cicatriz ondulante y anchurosa”. Con aproximadamente 10 millones de habitantes, Seúl es una metrópoli en la que se funden modernismo y tradición.

 

Amante de la poesía, el autor intercala en la narración poemas y frases de escritores como el francés de origen rumano Lorand Gaspar, los mexicanos  Xavier Villaurrutia, Sergio Pitol y Juan Villoro, el español Javier  Cercas, el coreano Yu Chi-hwan y el portugués Fernando Pessoa, por citar algunos.

Mediante un estilo ágil, vertiginoso, de frases cortas, el autor muestra aquello que mira, huele, come, oye, vive, en esa lejana ciudad: “Me asaltan imágenes todo el tiempo. En realidad esta prosa fragmentaria, elusiva, busca un tiempo cinematográfico. Explora en la imagen, detalla el signo evidente, no construye”.

 

Con formas cinematográficas y pequeñas frases surgen por todas las páginas, como relámpagos, escenas en las que ilustra la ciudad costera de Ulsan, la estación de trenes de Seúl, el puerto de Busan, el parque Jong-Myo, El Museo de Arte de Seúl. Escribe sobre sus habitantes: de los ancianos que se entretienen en el parque jugando ba-dook, parecido al ajedrez; del luchador de sumo Asashoryu, cuyo nombre significa Dragón azul. Del sexo femenino: “Las mujeres coreanas ven al extranjero pero no lo miran. Somos transparentes. No existimos”. Antes escribe una frase de Fernando Pessoa: “Ver es haber visto”.

 

En este diario, el autor recuerda otras de sus pasiones. Se ha confesando un pintor frustrado y con su prosa da pinceladas y dibuja paisajes que le impresionan. “Desde antes de las cinco de la mañana ya había luz… Llueve todo el trayecto mientras veo interminables campos de arrozales, villorrios, ciudades, ríos que nunca cesan… La costa llena de rocas negras, pálidamente grises, es un espejo que refleja el movimiento de las nubes”.

 

Las metáforas persisten. Del puente Gwangang escribe: “como una serpiente sinuosa   entra al mar y regresa para unir dos penínsulas”. Otro recurso corriente es la poesía. “Cuando veo lotos sé que puede arder el fuego sobre el agua”, cita al poeta coreano Oh Sae Young. Y lo hace de nuevo cuando lo embarga la melancolía: “Quisiera volver, lo sé, a mirar tu rostro en esta mañana en que estoy tan lejos de ti. Mi amor/cuando te canses de añorarme/nos sentaremos a la sombra del jazmín/a tomar una taza de té”.

Su encuentro con el metro no lo sorprendió, le resultó muy parecido al del México “no tan ruidoso, no tan pobre… es mortal para el olfato. Una capa de sudor, ajo y vinagre fermentado inunda los vagones”.

 

El autor no olvida describir también las contradicciones, como el hecho de que en plena zona bursátil, entre edificios ultramodernos, “con todos los excesos y la belleza de la arquitectura contemporánea”, se encuentre el monasterio budista Bongeunsa. “Basta cruzar la avenida para frente al World Trade Center encontrar la entrada, que es cuidada por dos elefantes de piedra”. En este monasterio se encuentra el Buda de la compasión, una estatua de 23 metros de alto, “gigantesco, de pie, y con dos dragones a los lados”.

 

La fauna no escapa de su percepción de extranjero. Describe a los pájaros kkachis que lo acompañaron a lo largo de su estancia en el país oriental, pues hicieron su hogar en un árbol frente a la ventana de la casa seulita que habitó el escritor. Los vio acicalarse, pelear por su territorio, volar por los aires.

 

Plascencia Ñol, quien encontró su pasión literaria entre las páginas de los cómics y la biblioteca paterna, ha declarado: “Lo que me entusiasma mucho de la narrativa son los textos sobre viajes porque me permiten manejar una escritura anfibia, que de pronto es un poema o una crónica, un ensayo o una autobiografía”.

 

Seúl es una esquina blanca es una invitación a conocer esta narrativa que invita a viajar a la contrastante ciudad de Seúl y se encuentra disponible en la red de librerías universitarias.